El goig i la revolta

Pilar Aymerich


(Barcelona, 1943 - )

La fotógrafa que se negaría a hacer una foto

 

Las fotografías de Pilar Aymerich son especialmente silenciosas y discretas, aunque también están llenas de curiosidades. Nos revelan una vida interior, motivo por el que merecen una larga conversación con la autora. Fui a visitarla, por tanto, a su piso modernista del barrio de Gràcia de Barcelona, donde los altos balcones, los suelos embaldosados como alfombras multicolores, las muñecas, los cuadros, las máquinas antiguas, el jazz en el aire, los libros de arte, sus gatos, los retratos de los amigos... todo confluía en ella y me sugería lo que me gustaría expresaros aquí: el hecho inseparable de su fotografía y su vida.

 

El día anterior a nuestra cita había sido habido una jornada de huelga general. A pesar de que Pilar está jubilada como fotoperiodista, todavía siente el impulso de salir y documentar los momentos especiales de su ciudad. Para ella, lo esencial de la fotografía es asistir en el presente, sobre todo cuando se producen esas sacudidas que despiertan a la sociedad. No entiende la vida sin la fotografía y esta le ha marcado una forma de vivir. Gracias a que participa en un blog colectivo donde cada uno aporta lo mejor de su experiencia profesional, tiene la excusa perfecta para seguir activa exigiéndose un punto de vista comprometido y responsable. El encargo profesional siempre había supuesto un reto para ella, la oportunidad de ponerse a prueba, de llegar allí donde nunca hubiera podido llegar por su cuenta. Hoy es ella misma quien se plantea los retos más allá del confort de su casa y de su ambiente.

 

Pilar no coincide con aquellos amigos que solo piensan o hablan de técnica fotográfica. Para ella, la experiencia de la cultura, el placer de la literatura, de las artes visuales, del pensamiento, etc. resultan esenciales. Una vez olvidada la técnica –que debe dominarse con la naturalidad de los pasos al caminar–, todo el problema consistirá en saber mirar: detectar los detalles que revelen las preocupaciones de la sociedad y, además, que revelen el alma del ser humano que sobrevuela todos los momentos de la existencia y que, entre el ruido de los acontecimientos, algunos fotógrafos se olvidan de captar. Pilar siempre nos muestra el alma a través de la mirada de un personaje que presta su retrato en el centro de la acción. Esta es la misión de la fotógrafa comprometida: ponerse del lado de una causa y expresar la realidad atravesada de humanidad, una cualidad que sin duda aprendió de sus amigos poetas. Aunque los versos de Pilar Aymerich hayan sido forjados con el acero frío de la realidad tal cual y del blanco y negro, aparentemente faltos de estilo, sin pretensión expresiva, sin ostentación, siempre los sentimos delicados y transcendentes.

 

Antes de fotografiar, investiga sobre el tema, pero no planifica innecesariamente. Escucha, observa, piensa. Y es directa en sus conclusiones. Prudente. Cuando llega el momento, hace únicamente una foto, muy pocas veces dos, para acertar el momento que había intuido. Piensa que los hechos están estructurados como en las obras de teatro clásico donde la introducción da paso a un momento álgido que se diluye en un desenlace. El objetivo de la artista es extraer una fotografía en ese momento culminante como quien encuentra una pieza de porcelana fina entre la paja de un embalaje. Esta sutileza irrepetible ha ser prevista, obedecer a la intuición y cazarla al vuelo. Conseguirlo no es solo un don, pues Pilar tuvo que entrenarse desde joven para poder alcanzarlo. Pilar me comenta algo que nunca le había escuchado a otro profesional: cuando comenzó la carrera como fotógrafa, practicaba la precisión del disparo fotografiando el bote de una pelota de ping pong. El respeto que sentía por la realidad irrepetible no le permitía ensayar en la calle, esto es, fotografiar únicamente para adquirir la práctica. Eran tan importantes los acontecimientos que se vivían durante la Transición, en el inicio de su trayectoria, que no podía salir simplemente a probar. En la calle tenía que ser infalible. Hasta que no consiguió que en la hoja de contactos la pelota apareciera en el centro de todos y cada uno de los fotogramas, no se dio a ella misma el aprobado. Entonces ya estaba preparada para anticiparse al momento, para fijar ese instante único y fugaz que la esperaba en la calle. La discreción que la caracteriza oculta una mirada incisiva. Tal como dijo de ella Montserrat Roig: "Fija para el mañana lo que no podemos disimular".

 

Hay fotografías que es preferible no hacer, asegura Aymerich. Algunos piensan que al disparar con la cámara ya se ha cumplido el cometido, pero Pilar no es así. Una mala foto no le servirá de nada, seguirá dejando el agujero de una buena foto por hacer. Volver con las manos vacías cuando las circunstancias no han resultado propicias demuestra la honestidad de la fotógrafa, que se ha negado a fotografiar en algunas ocasiones.

 

Me explica una anécdota del año 1978, que me llama la atención porque expresa muy bien su actitud ante los temas, como fotógrafa y como persona. Sucedió durante una sesión de fotografía con Joseph Losey, que presentaba su película Les Routes du Sud. Cuando Pilar entró en la sala del hotel donde se había citado a los periodistas con el cineasta, ya había un grupo de fotógrafos ensayando con los flashes. Losey se fijó en aquella joven que, discreta, observaba la escena sin utilizar la cámara. "¿Por qué no me fotografía usted?", le preguntó. "Porque la luz es nefasta y usted está mal sentado", le respondió Pilar. Al ver que hablaba bien inglés, Losey le pidió que dijera a los fotógrafos que ya se encontraba cansado y que quería acabar la sesión. No obstante, retuvo a Pilar para charlar y fue en este momento cuando ella le hizo el retrato, en la proximidad. La fotografía que estaba esperando y que nunca dejaría de hacer.

 

Pilar me cuenta también que, en la manifestación de la jornada de huelga, la mayoría de los manifestantes se retrataban con los móviles y tomaban panorámicas de la gente. Al contrario que a otros profesionales, a ella no le preocupa la proliferación de cámaras en la calle. En absoluto, se congratula de esta renacida vitalidad de la fotografía en la nueva era digital. No siente inquietud porque no entra en competencia con lo que ella busca. Me enseña las fotografías que hizo cerca de la Plaça de Catalunya, donde grupos de manifestantes habían encendido hogueras para cortar las calles. Llovían artefactos entre las barricadas y la policía. "En este momento, sin embargo, ya no había nadie que hiciera fotos", recuerda Pilar. Un encuadre vertical muestra una hoguera a unos tres o cuatro metros realizada desde el centro de la calzada. Al fondo se ve a los manifestantes medio ocultos por el humo y las banderas que acaban de teñir las llamas de rojo. "¡Qué valiente, Pilar!", le digo, "¡todavía estás en forma, como en los buenos tiempos de la Transición!" Ella sonríe. Resulta evidente que ella no corría entre los manifestantes cuando hizo esa fotografía: es una mujer de método que ha pensado y ha calculado las posiciones, los pasos, los parapetos, los tiempos, prácticamente todo para que esos detalles prácticos, esas pequeñeces, no obstaculicen la intuición magistral del momento fotográfico. Ha ejercido la disciplina de la discreción. Una táctica que aprendió de joven, cuando no existían las garantías democráticas que la preservarían de un porrazo en la cabeza: pasar desapercibida y no llamar la atención. La aprendió también al observar a sus colegas de profesión cuando salían disparados como de una trinchera a la caza de la fotografía, vestidos con chalecos de mil bolsillos cargados de objetivos. Para ella, los fotógrafos que actúan de esta manera son intrusos que cruzan la línea que tienen reservada y se vuelven objetivo de las miradas, con lo que modifican la situación. La autora se viste de camuflaje y sabe quedarse en el foso, como cuando se vestía de negro y se arrodillaba para llevar a cabo los reportajes en el teatro. Y a las manifestaciones acudía con un traje chaqueta y zapatos de tacón, disimulando su oficio y aprovechando el estereotipo femenino que la inmunizaba ante la policía franquista. Escuchaba, observaba, pensaba y, al fin, cuando notaba el pálpito del momento decisivo en el corazón, disparaba con discreción la cámara, utilizándola como un muro que la ayudaba a separarse de ese mundo que existía independientemente de si ella lo estuviera observando, pero con el íntimo deseo de haber colaborado en la lucha. Y si la policía la descubría fotografiando, ella creaba el hechizo metiendo la mano en el bolso para retocarse el maquillaje mientras miraba concentradamente la realidad a través de un espejito, como si espiara en un retrovisor.

 

Hoy, investida de edad, sigue utilizando la técnica de la táctica. Me enseña otra fotografía de su reportaje de la manifestación de ayer. Se trata del encuadre perfecto de la figura de un manifestante congelado en el gesto dórico de dar un paso saliendo de la nube gris de los gases antidisturbios. ¿La foto está recortada, está retocada? En la actualidad, resulta imposible no pensar en la posibilidad de una fotografía sin trampa. Sin embargo, en el caso de Pilar Aymerich la perfección no se debe a la edición final, sino a la versión inicial de la escena. Ha aprendido a hacer la fotografía en reposo y por este motivo mantiene recto el horizonte, controla las velocidades para no emborronar los cuerpos y la distancia a la que con un 50 milímetros recogerá toda la escena con el fin de que nada de lo que interese quede fuera del encuadre o lo que no interese deba ser eliminado posteriormente. Tanto en la época de las primeras manifestaciones después de la muerte de Franco como ahora, Aymerich fotografía a la altura de los ojos, adoptando el punto de vista de las personas, sin echar de menos las panorámicas fotogénicas de las masas vistas desde arriba. La masa, para ella, es la suma de las caras de las personas que "se pierden en el mar sin fronteras de la comunidad", en palabras de Josep Maria Carandell en 1977 cuando presentó por primera vez las fotografías de calle realizadas durante el convulso año de 1976. Cada persona se muestra con su vida impresa en la cara y el puño cerrado, dando vida a un friso que ningún otro artista sería capaz de dibujar, a punto de disolverse y desaparecer si no fuera por la rapidez y la intuición de la fotógrafa. Este punto de vista a la altura del ser humano concreta su punto de vista moral. Perderse en el artificio de los picados, de las angulaciones y de los encuadres rebuscados significaría llenar de ruido la limpieza de su mensaje. Al igual que Jean-Luc Godard cuando habló del trávelin, Aymerich piensa lo mismo de los fotógrafos que miden el valor de sus imágenes mediante los recursos técnicos o compositivos: el encuadre es una cuestión de moral.

 

El avance de la masa, captada en un plano a la altura de la vista, expresa toda la fuerza de la revolución. Así lo intuyó Bernardo Bertolucci cuando escogió como cartel para su película Novecento el cuadro Il quarto Stato de Giuseppe Pelliza da Volpedo. Los rostros hieráticos de los proletarios, en un efecto voluntariamente realista de la pintura, fueron el símbolo de todos los trabajadores del mundo en el acto de empezar a caminar. En febrero del año 1976, cinco meses antes del estreno de la película en Italia –en España no se estrenó hasta 1978–, Pilar Aymerich realizó una fotografía que hoy es imposible no relacionar con aquel icono. Se trataba de una escena muy similar capturada en el Carrer de Ferran de Barcelona. Poniendo en juego la técnica que hemos comentado anteriormente, Pilar buscó un lugar discreto y esperó el paso de aquel frente cerrado de hombres que avanzaba veloz. Esperaba, como así fue, aprehender en sus rostros todos los sentimientos y las emociones, toda la fuerza del retrato alterado por la rabia, la desesperación y el valor que los había llevado a resistir en una huelga que ya duraba tres días y que había sido secundada por 40.000 obreros de la construcción. Cuando envió la fotografía a la redacción del periódico para ilustrar la noticia, el director, Manolo Vázquez Montalbán la llamó por teléfono: "Pilar, ¿sabes qué foto has hecho? ¡Es el retrato de grupo de los líderes sindicales más importantes en la clandestinidad! No sé si podremos publicarla". Finalmente, sin embargo, sí que fue publicada y aquellas caras salieron a la luz.

 

Pilar Aymerich, como reportera, sigue siendo retratista. Su galería de retratos da luz a tres generaciones de catalanes, cuyos rostros eran desconocidos por su pueblo y que gracias a ella salieron de la clandestinidad. Esos retratos eran las fotografías necesarias, las que fue reuniendo con constancia y afecto, acompañada de su inseparable amiga Montserrat Roig. Las fotografías que nunca se hubiera negado a realizar.

 

Laura Tarré

Vilanova i la Geltrú, abril de 2012.