Regina Giménez

Regina Giménez


(Barcelona, 1966 - )

Los Inútiles

 

Aunque nos guste creer que un poema podría mañana cambiar el mundo, lo cierto es que una gran parte del arte contemporáneo ha perdido toda su capacidad de transformación social, más allá de algún escándalo buscando o de la huella que pueda imprimir del diálogo íntimo que establece en cada espectador. Que no es poco. En particular, la pintura va paso de convertirse en algo similar a las joyas: un objeto en cuya unicidad e inutilidad reside el sentido de su belleza. No se trata de algo malo, quizás sea incluso una liberación. El arte, como resumía el documentalista John Grierson, se debate siempre entre ser espejo o martillo. Lo del martillo está bien, esperar de cada verso un golpe, pero la verdad es que muchos han hecho de esa militancia un flaco favor al arte. Un poema no puede ser una navaja multiusos, ni un cuadro un calendario. Lo práctico y lo artístico se repelen como la elegancia y la comodidad. Esta obsolescencia, relativa por supuesto, ha redefinido la práctica pictórica contemporánea. ¿Tiene sentido pintar para decorar casas? La respuesta no es fácil, porque el sueño de las vanguardias ha sembrado en cada artista la ilusión de que su obra será apreciada en el futuro, estudiada quizás, por su impacto y no por habilidades que refleje. Cada pintor, humilmente, ha de inventar hoy la ecuación que dé sentido a su trabajo, que preserve su arquitectura de ilusiones de una lógica del mercado llena de contradicciones que no han de intoxicar el taller.

 

Estudié Bellas Artes con Regina y de estas cosas hemos hablado en muchas ocasiones. No de una manera muy intelectual, la verdad, porque hablamos mucho de pintar y de pintores, pero poco de pintura, así, con mayúsculas. Y en esto, como en otras cosas, nuestra opinión coincidía. Se trataba de pintar, de ejercer pintando. Es, básicamente, una cuestión de tacto. No puede ser un buen músico quien no ama el sonido, ni un buen pintor quien no disfruta de la resistencia del papel al carboncillo o la amabilidad con que la tela recibe al óleo.

Hay también una cuestión de estilo y hasta de escala. La pintura no puede pedir ciertos esfuerzos, ha de ser cómoda a neutra cualidades y apropiada a nuestra naturaleza. El taller ha de ser la prueba: nada en él está para corregir los vicios de nuestra imaginación. Pero incluso descrito así, el estudio del pintor parece un escenario estrecho para el arte contemporáneo. Según el escrito, se puede ser un buen pintor y no ejercer de artista de esos artistas armados de ideología apuntando a todas partes, especialmente a su propio entorno.

 

Quien todavía aspira a servirse del arte como martillo, además, no comprende de disciplinas. Cada misión puede requerir herramientas diferentes, ejercer una única habilidad puede alejarle hoy de una acción trascendente. En este escenario, el pintor que quiere pintar antes que ser artista, parece que juega en una liga arcaica. Y probablemente sea verdad. Pero es en esta realidad que la pintura encuentra hoy su modestia, reconoces su incapacidad para dirigirse a muchos a la vez y su inutilidad política. La pintura habita hoy en un edén desatendido. Y eso la hace más bella y reveladora: la pintura sirve hoy, ante todo, a quienes pintan.

 

Creo que, sin pronunciarlo tan pomposamente, esto es lo que Regina y yo sentíamos sobre la pintura cuando, tras años de desorden facultativo (en el bar de la facultad, vaya) cada cual hubo de construirse un argumento que justificase el conflicto de profesionalizar una pasión. Lo útil que le es a la pintura ser en cierto modo innecesaria, es algo que me ha venido a la mente mirando los cuadros que completan este catálogo.

 

En sus trabajos de estos últimos años han sido habituales los faros, torres y construcciones piramidales de todo tipo. Una cierta estructura triangular, en resumen, ordenaba muchos de sus cuadros. Al margen del dinamismo que adquirían sus composiciones, estas formas remitían inevitablemente a collages y carteles de la era soviética. Por el contrario, las pinturas que verán a continuación vienen enmarcadas en rectángulos que sirven para situar la acción a ras del suelo. No hay, consecuentemente, nada heroico de ellos. Remiten a una continuidad en la que impera el “estilo internacional”, el racionalismo de las urbes en tránsito que tan bien parodió Jacques Tati en “Playtime”. Hay en ellos, en los cuadros y en sus habitantes, una serenidad inquietante, repetitiva e hipnótica. Hay también una atemporalidad estudiada. Y como casi siempre, Regina escapa al tema y nos desvía al motivo. Como todo buen mago. Y el motivo es aquí la superficie misma, la pintura, la cola, el papel. El tiempo y el trabajo, en definitiva, depositados en cada obra. Esta es la sabiduría que descubro en sus pinturas.

 

Habrá, eso sí, quien lo sienta y lo comprenda al dedicar un tiempo al cuadro adecuado.

 

Un tiempo improductivo o trascendente, según se entiende la importancia de lo inútil.

 

Andrés Hispano