Sense silenci

Gregori Iglesias


(Borges Blanques, Lleida, 1966 - )

LA DIAGONAL ENTRE PAUL AUSTER Y GREGORI IGLESIAS

 

No está nada claro que nuestras vidas tengan argumento, un principio y un final.

Enrique Vila-Matas[1]

 

 

El pequeño Pol arrastra El Palacio de la luna. No entiendes cómo, entre todos los libros, siempre, inevitablemente, sus manos estiran una obra fundamental para ti. Ahora, la edición, se ha convertido en un mar de líneas cruzadas donde hasta el color salpica la negrura de la grafía.

*

 

Esa semana no podía recibir el martes por la tarde, pero cuando asomaste la cabeza por la puerta de mi despacho me salté el protocolo establecido. Era la semana en que Miquel Barceló tenía que aterrizar por la galería. Con una voz casi imperceptible, como escondida en su propio timbre, me preguntaste si podía dar una ojeada a tus pinturas. Habías andado todo el día desde la mañana hasta el atardecer, “pisando” como si quisieras “castigar la tierra bajo tus pies” y, en ese momento, te miré los pies –cubiertos por unas botas excesivamente grandes y pesadas, tan gastadas como las de Van Gogh-  y un libro que llevabas en la mano izquierda: El palacio de la luna.

 

*

 

El viernes andabas preocupado entre los libros de la FNAC. No podía ser que el último libro de Paul Auster no estuviera todavía a la venta cuando ya habías podido leer una reseña en el periódico. Y tú que, con la emoción, casi habías hecho el viaje desde Lleida pensando que aquí encontrarías la primicia, te encontrabas una vez más, con la mente a la deriva y, como Auster, sabías que cuando pasa esto te sientes “impotente para detenerla”. Pero no, una vez más te tocaba esperar... Hasta que hoy te he llamado para decirte -¡Ya lo tengo!-.

 

*

Cuando los sonidos de la mente no te dejan descansar ni encontrar ese momento deseado de silencio, te acercas a la librería de casa para coger –como el pequeño Pol- el Palacio de la luna, y si está ocupado por sus manos inocentes, intuitivas, cómplices desde el silencio del no saber, coges cualquier otro título de Auster y lo abres en diagonal por cualquier página. Casi como Pol, pero él se encuentra con la inocencia del azar, mientras que tú la persigues, te libras a un azar buscado, soñado, deseado... Sabes que esas líneas darán sentido a tu instante vivido, y lees que “la mente no puede vencer a la materia, porque cuando se le pide demasiado, demuestra rápidamente que también ella es materia”.

*

 

Tu vista cansada reposa sobre las páginas del libro, un Auster que se perfila entre los accidentes del papel arrugado, las grafías o los colores de una materia añadida, de unas cualidades vividas... Un Auster envejecido con el peso de otras emociones y experiencias, pero sabes como él que vale más su mal estado que la perfecta conservación. Y desde lo táctil, visible, perceptible, tus ojos recorren la diagonal entre la lectura de El palacio de la luna y la ventana abierta que configura un círculo de luz en la oscuridad: “un círculo vacío suspendido en el espacio que miraba cosas que ya no existían”. Respirabas ese aire amurallado “en el delirio” de tu proyecto, porque tu, como el protagonista de Auster, te sentías un pintor diferente. No te interesaba para nada “la abstracción mecánica, el lienzo visto como el mundo, el arte intelectual...” y todo te parecía “un callejón sin salida”, una especie de ventana ciega, cuando lo único que buscabas era el espacio y la luz, “la fuerza de la luz” que se te clavaba en los ojos. La luz que, como la Luna, perfila progresivamente su intensidad y vuelve a debilitarse hasta desaparecer, dejando únicamente sólo los últimos fragmentos de un continente, “los únicos espacios en blanco que nadie había explorado”. Entonces, cuando todo había desaparecido de la mente, tú reproducías la escena.

 

*

 

Ese día me dijiste que no podías dejarme sola para salvar mis libros y, en una carrera vertiginosa, vaciamos las estanterías de la casa que había sido del abuelo. La vieja casa, rehabilitada por la modernidad, ahora se había convertido en un depósito de fragmentos literarios y plásticos llenos de polvo que debíamos introducir en cajas blancas, las mismas cajas que unos meses más tarde te encontraste como “un mobiliario imaginado” de mi nuevo destino. Me gustaba ver esos objetos blancos, todos iguales, que de manera modular o como un rompecabezas, tomaban espacio en el vacío blanco de la casa. Aparentemente, era como empezar un viaje desde cero, desde el espacio blanco que se destruía para construir de nuevo un inmenso laberinto de posibilidades, dónde tú- con sólo entrar en él- me abriste tu ejemplar de El Palacio de la luna por la página doce, allí donde se relataban las satisfacciones de “descansar sobre la literatura norteamericana del siglo XIX” o de sentarse “a comer con todo el Renacimiento escondido debajo”, porque era así y yo “no tenía ni idea de qué libros había en cada caja”. Podía inventar una historia nueva cada vez “y me gustaba el sonido de aquellas frases, aunque fuesen mentira”.

 

*

 

Te han dicho que hoy no salgas a la calle, pero la cabeza te estalla y la angustia quiere derribar los muros. Te marchas y coges la carretera para llegar a otro sitio donde las calles puedan ser inéditas y los rostros anónimos. No esperas el equívoco que pone en marcha la escritura de Auster sino que lo provocas... y los sonidos de la mente se diluyen para dar paso al sonido de la imaginación. Desde el fotograma capturado en ese cruce azaroso, todo se dispara casi como si formaras parte de un guión, del movimiento de una película que se avanza al futuro y retrocede al pasado. Y vuelven las palabras del libro que has dejado medio abierto en el banco del taller: “Hervía en mi interior, lloraba, aullaba como un loco, pero luego, poco a poco, la ira se fue consumiendo y me adapté al ritmo de mis pasos. (...) Convertiría mi vida en una obra de arte, (...) cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada para impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro”.

 

*

 

¿Recuerdas en París? Cuando vivías allí, muchas veces íbamos  a un bar de la rue Vieille du Temple porque el camarero era calcado a Paul Auster. Y allí, en la mesa redonda del ángulo, con nuestras respectivas libretas, tomábamos notas, tú dibujabas..., y cuando no podíamos más, con la cámara de fotos perseguíamos instantes de todos los que entraban y salían. Eran imágenes robadas, mientras ese otro Paul de la barra nos enviaba sonrisas de complicidad.

 

*

 

Tus sobres de cartas daban color el buzón de casa: verdes, ocres, fucsias, anaranjados... Desde París o Les Borges Blanques, llegaban tus reflexiones, escrituras vomitadas desde la angustia, desde una sensibilidad atormentada por todo lo que te rodeaba. Y cuando no eran cartas, una llamada aislada a medianoche estallaba en el silencio... Cuando veía un sobre, me lo ponía en la carpeta y, ya en el metro, entre la actitud distante de los otros, la abría para romper esos silencios con tu goteo de palabras, dibujos, fotografías; entonces el túnel del metro de París, como una profunda boca negra, se tragaba nuestros vagones y nosotros –seres aislados y anónimos obligados a intimar físicamente- nos dispersábamos como manchas de pintura en otro no-lugar. Pero, al final, como si todo el mundo fuese una línea continua, nada cambiaba en la existencia dentro del túnel.

 

Sólo podía imaginar con los ojos cerrados que, al otro lado del túnel, un hombre agotado y sin energía subía al metro. Mientras me mantenía así, “era difícil no pensar en nada. (...) Había demasiado ruido a mi alrededor, demasiada gente” que hablaba, pero él, en otro vagón casi calcado a éste y obligado “a mantener los ojos cerrados”, sentía “el ansia de echar una mirada al mundo” y, en esa ansia, comprendió “que estaba pensando en lo que significaba ser ciego”.

 

*

 

“Mi compañera, mi amiga, Rasi (mi perra más fiel) se muere!”... Mientras leía este mensaje se me helaba la memoria evocando el último día que estuve en tu taller. Había un nuevo perro pequeño en la familia, pero ella –con sus miradas inteligentes- continuaba siendo la protagonista y, paciente, resistía los embates de ese minúsculo animalito que quería descubrir, saltar, jugar... Rasi ya estaba enferma. Hablábamos a menudo de su estado de salud, pero esa mañana tú le abriste la boca completamente para enseñarme sus dientes, y ha quedado la fotografía de esta simulación de agresividad que no existía.

 

*

 

Los perros y Gregori. Tu historia de infancia, ese perro herido, abandonado.., y las contradicciones que nacen entre lo que sientes y lo que nos venden como realidad. Y esa era una realidad agresiva en la que muchos críos vertían la mala sangre de casa en los animales que encontraban perdidos por el campo... Como aquel perro apedreado que recogiste un día cuando eras niño, como aquel perro que –entre el calor y el sufrimiento del cobertizo de casa- dejó la vida en tus manos.

 

*

 

A quién buscas, Gregori? Hay algo del pasado que no encuentras? No ves que todo ya ha sucedido? Mientras me hablas de El palacio de la luna no puedo evitar que la mente se me vaya hacia  La invención de la soledad, como si tu búsqueda y la de Auster se encontrasen en un punto de coincidencia con los viejos fantasmas familiares. Quién sabe si tú te has dedicado a acompañar el destino con la mano para reencontrar esa habitación de París donde él encontró su identidad.

 

*

 

Nunca sé si escuchas nuestras voces o son más insistentes los sonidos que se clavan en tu cabeza y no te dejan dormir.

 

*

 

Esa mañana estaba llena de caminantes anónimos, de cruces humanos que subían y bajaban por los espacios de Can Framis... Refugiada delante de una de tus bibliotecas pensaba que lo más importante es intuir las presencias ausentes y buscar el rastro que deja la pintura, como en aquellos libros que han sobrevivido al derrumbe del techo que los escondía... Y allí, tus personajes vienen de la luz de fuera, de las rendijas abiertas en los muros del edificio, atraídos por esta otra luz intuida a través de unas páginas cerradas. Es el mismo proceso que utilizas en las cartas de la exposición, en los sobres cerrados con textos que desconoces, y que tan solo abrirán los caminantes anónimos que la visiten.

 

*

 

No era un sábado como los otros. Aunque las previsiones del tiempo te aconsejaban dejar el viaje para más adelante, querías llevar toda la familia a Tossa, un lugar dónde siempre te habías sentido bien. Querías que Sara viniera y era una manera de cargar energía, porque ella te estaba ayudando con la última biblioteca, pero por la tarde –mientras paseábamos juntos por la playa- el cielo nos agrisó la escena, la humedad nos envolvía como una gasa y, corriendo, entramos en el primer bar delante del mar para esperar la caída del telón. Dentro, mientras anotaba algunos datos sobre la exposición, me detuvo la voz de nuestra amiga Carla Brodsky: ¿Sabes qué he conseguido? Ante mi mirada expectante, mientras me contaba como dejar una estela de fragmentos de sí misma a través de un montón de voces reales, como se podía hacer para dejar de ser la instigadora, la testigo, la autora y el público “de una obra de teatro en el que había una sola persona”; Gregori hizo un gesto y desapareció.

 

*

 

Desde ese día no ha vuelto a llamar y no responde al móvil. “Hizo lo que pudo para eliminar toda huella viviente de su presencia” en el taller; “almacenó sus cuadros y sus cuadernos en la parte oscura que había al fondo y dejó de usar la estufa”.

 

                                                                                                               

                                                                                                                        Glòria Bosch

 

[1] Enrique Vila-Matas, “Dueños de nuestro propio ahora”, dentro de El viento ligero en Parma, México D.F., Editorial Sexto Piso, 2004, pág. 93.

[1] Todas las citas son del libro de Paul Auster, El palacio de la luna, Barcelona, Anagrama, 1990, después de haber hecho una lectura en diagonal y encontrar en éste elementos coincidentes con el pensamiento de Gregori Iglesias. El texto reproduce, a partir de experiencias compartidas a lo largo de los años, su proceso frente a los libros queridos. Nunca están quietos en la biblioteca y la lectura siempre vuelve a abrirse por cualquier página, por azar, de la misma manera que vuelve a sus series de obras. Así, cada fragmento nos introduce en algunos de sus grandes temas: las Bibliotecas, los Perros, los Metros de París, los Maestros..., o el nuevo que acaba de empezar relativo a las Cartas.