Sixteen-thousand days on the roof

Jordi Fulla


(Igualada, Barcelona, 1967 - 2019)

 

SIXTEEN-THOUSAND DAYS ON THE ROOF

Jordi Fulla.

 

A los artistas, que inmersos en la casi humillante indigencia, deciden, pese a todo, seguir con unos espejismos, en medio de una sociedad con escaso paladar, escaso olfato, escasa visión y, por lo que se intuye, sin ningún tipo de voz...

 

“Para llegar a lo que no sabes

debes ir por un camino que es el de la ignorancia

Para poseer lo que no posees

debes ir por el camino de la desposesión.

Para llegar a lo que no eres

deber ir a través del sendero en que no estás.

Y lo que no sabes es la única cosa que sabes

y lo que posees es lo que no posees

y en donde estás es donde no estás”

T.S. Eliot. East Coker

 

Hace dieciséis mil días, el periódico La Vanguardia publicaba en portada una fotografía de la Tierra tomada desde la cápsula Apolo IV. A la izquierda se ve la Antártida i por primera vez el hombre se observaba desde fuera. Me sorprendió encontrar no hace mucho esta portada, sorprender porque gran parte de mi trabajo se ha desarrollado a partir de esta mirada, porque esta es la forma de mis sueños y, sobre todo, porque ahora hace precisamente dieciséis mil días. El mismo día, nacía yo en un punto de esa esfera.

 

A partir de aquellos momentos, con esas imágenes reales enviadas por el hombre desde lejos, se planteaba un futurismo posible. El futuro tenía nombre, “el año 2000”. La clave era la velocidad, estética paradigmática del siglo XX, los coches irían flotando sin ruedas y con aletas dorsales, los vestidos serían brillantes y la comida sería servida en cómodas píldoras. La infancia transcurría en una especie de éxtasis entre balas de cristal con colores, juguetes de plásticos relucientes sin formas muy concluyentes, cowboys y pistolas y juegos, como el futbolín con tapones de alcoholes de alta graduación de variadísimas formas y colores que en función de sus características daban un juego más o menos definido. Auténticos teams futbolísticos con sugerentes nombres como Mascaró, Larios, Soberano, Calisay, Ballantines o Pilé 43. Los niños éramos unos auténticos expertos en licores. También éramos educador con juegos de construcción como el Tente y el Monopoly. No es extraño que treinta y cinco años después nos encontráramos en una descomunal burbuja inmobiliaria. Creo que pasar la infancia entre la revolución espacial, el mayo francés, la crisis del petróleo y una lenta agonía dictatorial, marca sin duda la vida de un extraño optimismo, o quizá no.

 

En la infancia encontramos la raíz de la memoria y allí volveremos siempre, porque, al fin, es eso lo que quedará. Recuerdo aquel momento a los seis años en el que de forma involuntaria y no consciente despertaba un camino a seguir para mirar el mundo, para plantear las cosas. Me aparecía sobre el papel un dilema entre fondo y figura, me apareció sin masticarlo una especie color field de la abstracción americana y conseguía una de les primeras frustraciones de esas que generar motores de trabajo. La maestra nos pedía a los niños de la clase que pintáramos el pollito. No sé por qué siempre tenían esa extraña obsesión por darnos una imagen perfilada para colorearla sin salirnos de los límites, claro que eso debía ser un primer intento de cortar las alas del pollito que llevamos dentro. Este pollito perfilado se encontraba en el centro del papel, allí puse el amarillo y allí el rojo. Supongo que era habilidoso y aquello rápidamente fue llenado terminado el trabajo antes que nadie entre los compañeros, y entonces la maestra, viendo que aún quedaba un rato para la hora del patio, decidió que podía salir del contorno para pintar el fondo.

 

Allí me lancé y el mundo se abrió ante mis ojos para llegar a un objetivo no resuelto en aquella ocasión. Gasté los lápices de color verde de los que disponía, recuerdo el dolor en las manos apretando los lápices para encontrar la intensidad deseada de aquel verde que se diseminaba como una mancha de aceite indefinida. Recuerdo el dolor en las manos apretando los lápices para encontrar la intensidad deseada de aquel verde que se diseminaba como una mancha de aceite indefinida. Recuerdo el sacapuntas sacando humo por la constante fricción del arma que agotaba la munición. Recuerdo cómo se rompía la maldita punta por exceso de presión y aquello, aquel color field tomaba cuerpo progresivamente, pero se extendía con dificultad hacia los márgenes del papel sin tener muy clara la idea de si aquella nueva frontera entre el papel y la mesa sería o no el final. El tema es que apretando, apretando llegó la hora del patio y los niños que entonces ya habían pintado el pollito concentrado dentro de la misteriosa línea que lo rodeaba, se fueron a jugar y a desayunar, todos menos yo, la maestra sugirió que me quedara a acabarlo. Aquel día no desayuné, esa extensión “infinita” de papel en blanco no se llenaba nunca y el volumen de espacio recorrido con el lápiz era siempre extraordinariamente inferior a su totalidad, sin hablar del tiempo… que transcurría sin piedad. Aquella batalla se había terminado allí, con frustración, pero por lo que guardo en el recuerdo aquello fue una especie de aprendizaje sobre las posibilidades de un proceso. Los compañeros volvieron del patio nuevos. Yo, estaba agotado. Pocos años después, las escuelas de aquella época añadieron a la plantilla un trabajador más, el psicólogo, que en mi informe diagnosticó una extraordinaria capacidad espacial. Sería conveniente que me dedicara a una actividad relacionada con la creación artística.

En aquella primera época, en clase nos hacían ilustrar otro tipo de pollito complejo, a pesar de ir a una escuela progresista. Este era el mensaje simbólico de identidad que teníamos que aprender. El mensaje no era comprensible, pero en esta especie de país sometido eternamente a una especie de catarsis colectiva, esto funcionaba así. La continuación de los estudios fue en una escuela de la Iglesia, también aparentemente progresista, las curas ya no vestían con sotana y flirteaban quizá con conceptos de la izquierda, pero a pesar de todo, seguían repartiendo bofetadas y, sobre todo, imponiendo la moral de la culpabilidad y la inferioridad a todas horas.

 

Me indigna encontrar este dibujo de infancia, habría preferido aparecer en un punto de aquella esfera diferente, con más aire, con más ambición y sin el pesado peso de la moral católica. El proceso de reconstrucción aún dura hoy a pesar de la evidente solidificación de los materiales utilizados en la infancia.

 

El recorrido de estos dieciséis mil días llegó más tarde, en los años ochenta, que recuerdo como años llenos de ilusión. Había una sensación colectiva ilusionante, claro que mirado en perspectiva fueron unos años bastante desbordantes, naifs, hasta kitsch. Yo, en aquella época, me acercaba a la edad adulta y me deshacía de deseo por ver todo aquello que pasaba más allá de casa. El acceso de la información era mucho más difícil que ahora y esto contradictoriamente era un privilegio que ya hemos perdido, lo digo porque entonces cogías un tren o hacías autostop para ir a ver una exposición a Berlín, París, Londres, que habías visto en una revista que solo encontrabas en un quiosco, y todo se convertía en una enriquecedora aventura. Alguien te decía que buscaras un libro y, gracias a no tener Google, no parabas hasta encontrarlo, y sobre todo lo vivías… Barcelona tenía su dosis habitual de desierto, pero tenías a gente muy interesante haciendo cosas y gracias a la Fundación Miró, y sobre todo a la echada de menos Fundació La Caixa de aquella época, se abría una ventana al mundo y podías descubrir todo aquello que sucedía lejos de aquí. No había MACBA ni casi política cultural pública y gracias a esto estábamos bien informados de lo que se hacía aquí en el país y de lo que se hacía fuera.

 

En aquella época también fui a parar a Eina. Verdadero puñetazo en la cara a los diecisiete años en aquel extraño jardín, pequeño oasis pedagógico en el que reputados artistas, diseñadores e intelectuales de valía regaban las semillas, no desde una línea sometida a las directrices de una burocracia pedagógica concreta, sino desde la libertad de la experiencia y las inquietudes personales de cada profesor. Esto fue un enorme regalo para mi desarrollo, que años después pude devolver (mínimamente) cunado la escuela me pidió dar clases.   

 

Después de la etapa Eina comenzaron las exposiciones y la consolidación del trabajo desarrollado durante los ochenta como comienzo de una introspección de la pintura. Se trataba de remover el magma físico de la pintura un poco por la época y un poco por las raíces culturales matéricas de gran parte de la pintura catalana más cercana. Pero curiosamente mi trabajo no trataba sobre el gesto físico, la composición del espacio, el color, ni la simbología, sino de una extraña forma de representación de la realidad a través de la idea de percepción sensitiva del territorio: ver los olores, palpar el sonido, etc. Hasta el año 92 que aterrizo en París en busca de mí mismo después de una considerable resaca de expectativas en el mundo del arte; y escojo París movido, no tanto por la necesidad de buscar el punto estratégico en el mundo del arte, sino más bien por la idea de huir a Barcelona y encontrar una gran ciudad, menos endogámica, que ofreciera muchas más posibilidades de búsqueda y actividad cultural. Allí entré en contacto con otras culturas y formas de pensamiento y, de esta forma, pude hacer una limpieza a fondo de mí mismo, contrastando mi bagaje y abriéndolo a nuevas consideraciones. Es así como mi trabajo empieza a replantearse de nuevo y, poco a poco, se va deshaciéndose de prejuicios y amaneramientos. Este replanteamiento se lleva a cabo entre los años 92 y 97, durante los que hice pocas exposiciones y muchas pruebas, para encontrar una vía que me estimulara a continuar. En el año 97 me siento preparado para iniciar el nuevo camino y decido partir de cero, numerando todo mi nuevo trabajo, comenzando por Cat.001.

 

Y llegó el deseado desde la infancia “años 2000”, muy distinto de como lo imaginamos, desvaneciéndose la imagen futurible y perdiendo un gran número de metáforas. La utopía y la ilusión arrinconadas en pro de la seguridad, y un desbordamiento de información y conocimiento difícilmente digerible.

 

¡Qué porrazo! Como herramienta especial de la evolución humana, nos quedaba el mando a distancia, alrededor del cual y gracias a su espectacular éxito se decidió crear todo tipo de artilugios tecnológicos embriagadores que hacen que, hoy, la existencia sea paupérrima. Suerte que tarde o temprano esto tendrá que girar hacia una nueva sociedad reformulada de base. Pero me parece que tendremos que trabajar mucho para salir del miedo. También tendremos que trabajar mucho para llegar a la relativización del papel de la mayor parte de la tecnología, y lo podremos hacer dejando caer la mirada fuera de la velocidad a la que vivimos.

Personalmente entré en el año 2000 en París, cuerpo sumergido en una bañera con una botella de champán intentando comprender dónde quería encontrarme a partir de entonces.

La imagen del terrado se consolida en aquel instante.

 

Siempre he preferido el tiempo que transcurre entre septiembre y diciembre, me estimula para avanzar los proyectos, las ideas, pero también es cierto que este período cada año misteriosamente se acorta más. Me preparo durante la primavera y sobre todo el verano para saborear aquellos momentos y, de repente, ¡flop!, se han desvanecido. 

 

Ahora ya sólo busco una especie de calma lenta quiero mirar sin hacer nada, sin tiempo, quiero cocer lentamente… Sólo por esto pinto, sólo por esto la pintura es algo importante. Tan y tan importante porque no sirve para nada, porque no se tiene que entender nada. Qué bella es su posibilidad.

 

Me gusta esta sensación de desajuste, de estorbo, de pasar por la vida sin tener que dar explicaciones. He hecho este camino todo este tiempo y ahora, superados los cuarenta, hago el análisis viendo que todo aquello innecesario en la vida es un fraude, una falsedad. Tengo la sensación de que la mayor parte de lo que hacemos está vacío de realidad. Tengo la sensación de que sólo existimos realmente cuando no hacemos nada, cuando los pensamientos corren solos sin concretar acción visible.

Me quedo con la música que se desprende…

 

Yo, ya sólo miro, escudriño, y no me vengáis con prisas.

La pintura es un acto lento, plantea dudas sobre la realidad que observamos y me gusta el tiempo en suspenso en el que poder utilizar un prisma abierto y susceptible. La ficción de la pintura me establece la realidad más transparente. El instante detenido… Me interesa la sensación provocada por la pintura, los sonidos del acto de hacerla. Pintar las cosas en su disolución, pintarlas entre el haber y el no haber, pintas las atmósferas indecisas, pintar según la alternancia de la respiración. Dejar que ella misma estratégicamente autoimponga su realidad frente a cualquier intento mío de concreción. Es, en este conchabamiento dialéctico, donde aparece la imagen de aquello invisible, la mirada. Y la música que se desprende me devuelve al comienzo y dibujo.

 

Estos últimos años he recuperado el dibujo de forma intensiva. Me gusta observar los dibujos de alguien, porque es allí donde están todos los sueños y las posibilidades a perseguir, es allí donde está el esqueleto de la vida. Me encontré con el dibujo durante una estancia en Japón que me removió todo el interior. Allí dibujé sistemáticamente a diario sobre unos cuantos cuadernos porque necesitaba este paréntesis de pensamiento que nos da el dibujo para digerir todo aquello que íbamos encontrando y que transformaba muchas cosas dentro de mí. No me servía de nada tomar fotos como había ido haciendo desde hacía años, sino que necesitaba redefinir los pensamientos en líneas, una a una sudando el gesto en el cuaderno, repasando mentalmente todo aquello que tocaba con la mirada, todo aquello que observaba, que me inquietaba. Gracias a estos dibujos y este proceso conservo muy viva la imagen de las cosas, conservo de forma muy nítida los momentos de pensamiento fruto de la observación de las cosas que hacen posible un todo. Como cuando de pequeño dibujé sobre el pollito…

 

Allí encontré esta posibilidad de descubrir el mundo, por el tacto de la mano sobre el papel, por esta mágica circunstancia natural al hombre que hace que obtengamos por la mirada, procesemos en el cerebro y lo traduzcamos en impulsos por el brazo, por la punta de los dedos resiguiendo el sugerente tacto de la hoja de papel. Qué mágico, qué simple, qué fácil y qué grande es todo esto.

 

Desde entonces a la vuelta de aquella estancia todo cambió, había medio encontrado lo que necesitaba, habitar el vacío resiguiendo la música que se desprende, y decidí sentarme en una silla ante una pequeña mesa para repensar si moverme empezando a dibujar de sol a sol buscando la oscuridad de nuevo, el sueño.

 

Dibujos complejos de árboles, de ramas, muy entretenidos, muy lentos, con la necesidad de que cada pequeña línea, cada trozo de rama, cada hoja, ayuden a conseguir el vacío. El vacío como razón positiva, como curación, Cambiar el sentimiento de falta por el sentimiento de ausencia. Utilizando los restos de mí mismo me enriquecía viendo pasar el tiempo, su dimensión, sin compromiso, sin presión. El trabajo era laborioso pero seguro, preciso, un trabajo de procesos personal parsimonioso, sin fin, sin desino claro.

 

No sabré nunca hasta qué punto todo esto llega a alguien, pero seguramente cuando algo nace de la necesidad, el diálogo con el espectador se despliega intenso y lleno de complicidad. No lo sé, desde entonces he menudeado levantarme un día y volver a montar una pequeña mesa para, durante días y semanas en soledad, desplegar las líneas de aquello que, aunque no lo parezca, no se puede mirar.

Estoy aquí en mi terrado para disponer del tiempo, de mi tiempo, y me agarro a él, intento, con mi trabajo, salir del aburrimiento, de aquel intervalo de tiempo que no se cuela nunca.

Y esto es lo que os puedo dejar si queréis usarlo.

La cosas importantes los son para siempre, o quizá no…

 

Jordi Fulla